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PhD Thesis

dc.contributor.advisorPellicer Catalán, Manuel
dc.creatorEscacena Carrasco, José Luis
dc.date.accessioned2016-03-11T10:07:27Z
dc.date.available2016-03-11T10:07:27Z
dc.date.issued1986-01-01
dc.identifier.citationEscacena Carrasco, J.L. (1986). Cerámicas a torno pintadas andaluzas de la segunda Edad del Hierro. (Tesis Doctoral Inédita). Universidad de Sevilla, Sevilla.
dc.identifier.urihttp://hdl.handle.net/11441/38404
dc.description.abstractEl estudio de las vajillas cerámicas de las culturas antiguas desde el punto de vista puramente tipológico se ha revelado, a pesar de su aridez, como una de las bases fundamentales para iniciar investigaciones de otra índole referidas a los grupos humanos que las utilizaron. En este sentido, y por lo que se refiere a la Península Ibérica, todavía muchas de sus etapas pre y prohistóricas, además de otros momentos más recientes que ahora nos importan menos, carecen absolutamente de estos marcos generales de referencia si no es en contadas ocasiones. Centrándonos en Andalucía, baste señalar la falta aún de una sistematización pormenorizada de los conjuntos cerámicos neolíticos y calcolíticos. Para el Bronce Pleno en cambio ha sido bien trabajada en este aspecto la Cultura del Argar, permitiendo la elaboración de trabajos de síntesis y profundización en otros aspectos de este horizonte que han visto la luz recientemente. Al llegar al Bronce Final y, sobre todo, a los tiempos protohistóricos, estos estudios se diversifican o polarizan en conjuntos concretos dada la amplitud del repertorio cerámico a estudiar. Con el presente trabajo hemos querido llenar el vacío existente a la hora de estudiar las producciones alfareras a torno pintadas de la segunda Edad del Hierro en Andalucía. No nos pasó desapercibido desde sus inicios que entrabamos en una ardua labor, porque a la desorbitante cantidad de información existente debía unirse la tremenda dispersión de los datos por controlar. Una y otra han representado constantemente imponderables a tener en cuenta, más aún cuando la recogida de la documentación ha tenido que llevarse a cabo paralelamente a la publicación de muchas memorias de excavaciones alusivas a los yacimientos andaluces de la época. Como indicamos a la hora de valorar las bases cronológicas utilizadas para fechar la cerámica ibérica pintada de Andalucía, el esqueleto en el que se basa la datación de toda la Protohistoria andaluza lo componen principalmente las cerámicas importadas, las griegas arcaicas para los momentos orientalizantes, las griegas clásicas para los siglos V y IV a.C. y las campanienses para las etapas más tardías de la Edad del Hierro. Así, como la venida de esos productos de importación estuvo sujeta a los naturales altibajos de unas pautas comerciales concretas y a las oscilaciones de la oferta y la demanda en el mercado de los mismos, muchas etapas protohistóricas del mediodía peninsular se han visto abocadas a un vacío cultural inexplicable. Eso ocurre por ejemplo con el s. III a.C., momento en el que dejaron de llegar a las poblaciones ibéricas las cerámicas áticas de figuras rojas y aún no lo habían hecho las campanienses. Por esta razón, los vasos a torno pintado al estilo ibérico que aparecían en tumbas sin importaciones griegas entre sus ajuares tendían a fecharse tipológicamente en relación a otros contextos donde aquellas sí estaban presentes, de donde se desprendía, por sólo citar el curioso caso de las necrópolis, que las poblaciones ibéricas de Andalucía no llegaron apenas a morirse en el s. III a.C.. El hecho no extrañaba en estudios particulares de yacimientos concretos, porque siempre cabía la posibilidad de pensar que, por cualquier razón desconocida, los pobladores del lugar hubieran abandonado la zona durante esos años. Y como apenas se han realizado obras de síntesis del Hierro Reciente andaluz, estas ausencias sospechosas escapaban al olfato de los investigadores. Según podrá comprobarse en el estudio pormenorizado de cada una de las formas cerámicas aquí analizadas, este vacío es completamente inexistente. Simplemente con haber llenado esa laguna creemos que se justifica en parte nuestra tarea, porque a partir de ahora es posible empezar a detectar fenómenos que se producen en momentos para los que hasta hoy no contábamos con criterios sólidos a la hora de fecharlos. No obstante, los objetivos de este trabajo no se limitaban en principio a tal misión. Por el contrario, quisimos establecer en lo posible el origen de los tipos cerámicos más usuales y de las decoraciones más extendidas, su cronología inicial y final, las pautas de su desarrollo, su utilidad o significado dentro de los diversos contextos donde se usaron, las causas de su nacimiento y muerte, los posibles focos donde se produjeron y las vías comerciales por donde pudieron distribuirse, las peculiaridades regionales y comarcales de cada clase de vasija o de cada motivo ornamental, etc. en la medida en que estos objetivos se hayan logrado pueden haber quedado satisfechas cuantas interrogantes nos planteamos desde el principio. Hubiéramos querido dar solución a todas ellas, pero la información con que contábamos no siempre tenía la calidad científica que hubiéramos deseado, porque, a las numerosas publicaciones faltas de objetividad o de referencias a datos precios sobre niveles estratigráficos de asentamientos o de conjuntos funerarios concretos se unían las confusas catalogaciones de los materiales cerámicos en algunos museos y colecciones particulares. Por lo demás, la principal dificultad que se nos planteaba venía dada por la delimitación clara y concisa del objeto propiamente dicho de nuestro estudio. Nosotros hemos querido sistematizar tipológicamente la cerámica torno pintada de la segunda Edad del Hierro de Andalucía, es decir las producciones alfareras que se han venido llamando, impropiamente si con este término se alude a la totalidad del territorio andaluz, cerámica ibérica. Si los límites conceptuales de “cerámica a torno pintada” estaban sobradamente claros, no así los que aludían a sus límites geográficos y cronológicos. Respecto a la primera de estas dudosas fronteras decidimos, conscientes del peligro que suponía aplicar las barreras administrativas actuales a culturas pasadas, ceñirnos a las demarcaciones de las ocho provincias andaluzas de hoy. De lo contrario, hubiéramos tenido que ampliar la zona estudiada hasta comarcas que poco a poco iban diferenciándose culturalmente de las áreas propiamente andaluzas pero que no ofrecían una delimitación nítida con ellas. Para contrarrestar en la medida de lo posible la aplicación de estos límites fronterizos recientes a unos fenómenos culturales exentos de ellos, nos vimos obligados a estudiar en cada forma cerámica o en cada tema decorativo las posibles conexiones que los vinculaban a las cerámicas de Extremadura, de La Mancha o del Sureste por ejemplo, e incluso a determinadas producciones alfareras norteamericanas. Respecto al problema cronológico, quedaba muy claro desde el principio de nuestro trabajo el momento final, ya que éste venía marcado por la muerte de la cerámica ibérica durante la Romanización. Pero sus inicios resultaban mucho más problemáticos, porque no siempre era fácil delimitar el comienzo de un determinado tipo de recipiente o de una decoración concreta, y sobre todo resultaba a todas luces imposible establecer una barrera clara en toda Andalucía entre la fase orientalizante y el mundo propiamente ibérico. En este sentido, si para el Bajo Guadalquivir parecía existir una neta división entre la época tartésica y la turdetana, esta diferenciación entre la primera y la segunda Edad del Hierro resultaba difícil de establecer, si no imposible, en Andalucía oriental. Por otro lado, teníamos que valorar en su justa medida el papel de ciertas colonias vivas durante el Hierro Reciente que, como Cádiz por ejemplo, mantenían presumiblemente unos gustos fenicios sospechosos de arcaísmo a poca distancia de los focos de población propiamente indígenas. Por todas estas razones, y porque estaba sobradamente demostrado que las cerámicas a torno pintadas andaluzas se originaron en gran parte a expensas de tradiciones propiamente orientalizantes, a pesar de que se produjeran en ellas préstamos posteriores desde otros focos y culturas, tuvimos que rastrear cada uno de los tipos y decoraciones aquí estudiados hasta su momento inicial en el territorio andaluz, aunque éste se produjera en el s. VIII a.C., es decir, al comienzo de las colonizaciones orientales. Así, hemos remontado su tratamiento a época orientalizante siempre y cuando esa forma cerámica o ese motivo ornamental concreto lo exigiera. Por tanto, no se incluyen en nuestra catalogación los recipientes y temas decorativos que, aún tratándose de productos a torno pintados, no vivieron con posterioridad a fines del s. VI o comienzos del V a.C., límite teórico entre el Hierro Antiguo y el Reciente. Por ello es de alguna forma parcial el análisis de las decoraciones figurativas, entre las que incluimos por ejemplo las flores de loto y no las representaciones de animales. Las primeras se conservaron en el repertorio pictórico de las poblaciones ibéricas, mientras que los segundos parecen quedar relegados de momento a la fase orientalizante tartésica, aunque en otras zonas peninsulares se dieran durante la segundad Edad del Hierro, como de hecho ocurre en el Sureste o Levante. Delimitado así el campo de nuestra actuación, conviene señalar, al menos sucintamente, los pasos que hemos dado a la hora de elaborar el presente estudio. Su temática nos fue sugerida por Don Manuel Pellicer Catalán, Director del mismo y siempre atento conductor de nuestras investigaciones. Con él hemos tenido la ocasión de excavar numerosos yacimientos pre y protohistóricos andaluces, sobre todo desde que en 1976 iniciara los sondeos extratigráficos en el Cerro Macareno. Desde aquí queremos expresarle la gratitud que todo discípulo debe a su maestro, que querríamos en nuestro caso multiplicar por cuantos consejos y directrices nos ha dado para que éste y otros trabajos vieran su fin. Una vez establecido el tema, la primera fase propiamente dicha consistió en una recogida de la documentación lo más exhaustiva posible. Con esta intención elaboramos un bando de datos referido a las cerámicas a torno pintadas de Andalucía. Esta información la obtuvimos en primer lugar de las obras publicadas sobre el tema, ya lo trataran parcial o globalmente, ya en memorias de excavaciones o en artículos y monografías puntuales. En segundo lugar pudimos consultar materiales aún no publicados y depositados en los Museos Arqueológicos Provinciales, en los Museos Municipales y aún en colecciones privadas; pero, al estar dicha documentación inédita, nos ha servido sólo como apoyo lateral a nuestras investigaciones, por lo que no se incluyen en el grueso de nuestro estudio. La recogida de la información quedaba así más o menos completa, porque sólo quedaban fuera ciertos testimonios a los que nos fue imposible acceder por razones diversas, pero que suponían en realidad un porcentaje mínimo dentro del conjunto de datos conocidos, eliminándose en consecuencia casi por entero la posibilidad de que supusieran graves distorsiones de las conclusiones obtenidas con el resto del material controlado. La segunda fase del trabajo nos llevó al estudio propiamente dicho en la documentación previamente recogida. La subdividimos en dos grandes apartados, uno alusivo a las formas de los recipientes y otro a sus decoraciones pintadas, subdivisión que ha dado lugar a los dos capítulos más amplios de nuestro trabajo. Para estudiar las siluetas de las vasijas nos vimos en la disyuntiva de agruparlas por formas geométricas o por tipos normalizados culturalmente. Después de probar ambos sistemas preferimos una solución ecléctica entre uno y otro, porque este método no era en modo alguno contradictorio. De hecho, el haber tratado los distintos vasos mediante una tipificación puramente formal, siguiendo modelos propuestos para las cerámicas prehistóricas, habría provocado la pérdida de identidad y filiación de algunos recipientes que llegaron al mundo ibérico plenamente formados y enraizados en culturas mediterráneas de fuera de la Península Ibérica, como ocurría por ejemplo con las denominadas “urnas tipo Cruz del Negro” o con los vasos à chardonrespecto al mundo fenicio, o bien con las imitaciones de kraterosáticos respecto al griego. Pero, usando con exclusividad este sistema de clasificación, quedaban desprovistos de lugar otras formas con menos personalidad, comunes a múltiples horizontes y momentos, que representaban un alto porcentaje dentro de la vajilla ibérica conocida; así por ejemplo determinados tipos de cuencos hemiesféricos, los vasos globulares, algunos recipientes ovoides, etc. Tanto para estudiar las formas de las vajillas como sus decoraciones hemos empleados siempre el mismo esquema, consistente en definir primero el objeto a tratar para pasar luego a su valoración cronológica en los diferentes ambientes encontrado. Esta confrontación se hace en todos los casos respecto a la revisión de fechas que proponemos en los capítulos II.1 y II.2, y no en relación a las dataciones dadas por los diferentes excavadores que hallaran la documentación o por los distintos autores que la publicaran, aunque con frecuencia una y otra coincidían. En tercer y último término, nuestro trabajo consistió en la redacción que ahora presentamos. A parte de esta introducción, hacemos una valoración de los estudios llevados a cabo hasta la fecha, historia de las investigaciones siempre breve y referida a aspectos muy generales, por cuanto, al tratar casa forma cerámica y cada tema decorativo, se incluye una síntesis de cuantas opiniones han manifestado otros autores acerca del problema. Capítulo clave es a nuestro entender el referido a la comparación estratigráfica de los pobldos y a la sincronización de las necrópolis. En realidad ahí reside gran parte de las soluciones al estudio pormenorizado de las formas de los recipientes y de sus decoraciones. Si se aceptan las premisas propuestas en dicho apartado, no se pueden rechazar casi nunca las conclusiones expresadas en cada uno de los siguientes capítulos, porque éstas son las lógicas consecuencias de aquellas otras. A la hora de tratar las distintas vasijas y sus motivos pintados los hemos agrupado en lotes con una numeración correlativa, las primeras mediante caracteres latinos y los segundos con arábigos. Las formas de los recipientes, para los que hemos descartado en lo posible cualquier nombre ambiguo como olla, puchero, cazuela, etc., se dividen a su vez en subtipos, siempre que éstos sean susceptibles de sistematizar, cada uno de los cuales puede presentar incluso ligeras variantes. En tales casos, los subtipos se estudian por separado, ya que es la única forma de colegir de ellos sus correspondientes fechas de fabricación, talleres de salida, áreas de distribución, etc. Las decoraciones en cambio no hemos creído posible ramificarlas en variantes claras e independientes, porque lo que en principio pueden parecer subespecies bien definidas, resultan, al analizar el conjunto, matizaciones leves o simples accidentes a la hora de trazar la pincelada. Cada tipo cerámico o cada asunto decorativo se estudia por provincias, siguiendo siempre un orden alfabético en la relación de éstas, y el resultado de la valoración global a nivel regional se plasma en un mapa que indica su reparto geográfico y, siempre que es posible, en un cuadro sinóptico alusivo a su posición cronológica en los yacimientos donde cada elemento aparece fechado con precisión por su contexto. Toda esta información permite valorar, a la luz de las circunstancias históricas de cada momento, posibilidades sobre la filiación u origen de cada tipo de recipiente o tema decorativo. Es en este apartado donde nuestra aportación podría escapar en cierto modo a la objetividad en él pretendida, de manera que cuanto sostenemos debe considerarse mera hipótesis susceptible de modificaciones futuras. Nuestra documentación procede de casi todos los yacimientos andaluces protohistóricos publicados, al menos de los que se han dado a conocer cerámicas a torno pintadas. Detallar el emplazamiento y demás características de los mismos nos llevaría a extendernos demasiado en este trabajo, por lo que remitimos al lector para su conocimiento a la bibliografía particular de cada uno, detallada a través de nuestro apartado crítico. Este último se manifiesta a través de un cuerpo de notas ordenadas por capítulos que hacen referencia a las obras citadas al final por relación alfabética de autores. Cada vez que se alude a algún yacimiento, éste va precedido de un número que lo identifica en cualquiera de los mapas de nuestra cartografía. Cada sitio lleva una cifra propia, y siempre la misma en cualquier caso, sea texto, cuadro o mapa. Su relación es la que sigue: 1.- Algeciras: Incluye los yacimientos de Carteia y Cerro del Prado (Cádiz). 2.- El Berrueco (Medina Sidonia, Cádiz). 3.- Salduba (Estepona, Málaga). 4.- Lacipo (Casares, Málaga). 5.- Cádiz (Cádiz). 6.- Doña Blanca (El Puerto de Santa María, Cádiz). 7.- Gudalhorce (Málaga). 8.- Málaga (Málaga). 9.- Con este número aludimos a Jardín, Alarcón y Los Toscanos (Torre del Mar, Málaga). 10.- Cerro del Mar (Torre del Mar, Málaga). 11.- Cerro de la Tortuga (Málaga). 12.- Trayamar (Torre del Mar, Málaga). 13.- Mezquitilla (Torre del Mar, Málaga). 14.- Chorreras (Torre del Mar, Málaga). 15.- Frigiliana (Málaga). 16.- Almuñécar: Incluye principalmente las necrópolis de La Laurita y Puente de Noy (Granada). 17.- Adra (Almería). 18.- Cortijo de Ebora (Sanlúcar de Barrameda, Cádiz). 19.- Asta Regia (Jerez de la Frontera, Cádiz). 20.- Alcántara (Trebujena, Cádiz). 21.- Gibalbín (Jerez de la Frontera, Cádiz). 22.- Cerro de la Encina (Monachil, Granada). 23.- Cerro de la Mora (Moraleda de Zafayona, Granada). 24.- Mirador de Rolando y Albaicín (Granada). 25.- Atarfe (Granada). 26.- Cerro de los Infantes (Pinos Puente, Granada). 27.- Osuna (Sevilla). 28.- Estepa (Sevilla). 29.- La Tiñosa (Lepe, Huelva). 30.- Aljaraque (Huelva). 31.- Huelva: Incluye los cabezos de San Pedro y la Esperanza, así como la necrópolis de La Joya. 32.- Caura (Coria del Río, Sevilla). 33.- Orippo (Torre de los Herberos, en Dos Hermanas, Sevilla). 34.- Alhonoz (Herrera, Sevilla). 35.- Puente Genil (Córdoba): Incluye los yacimientos de Los Castellares, Las Gaseosas y la Villeta de las Mestas. 36.- Niebla (Huelva). 37.- Tejada la Vieja (Escacena del Campo, Huelva). 38.- Osset (San Juan de Aznalfarache, Sevilla). 39.- Santa Eufemia (Tomares, Sevilla). 40.- Sevilla (Sevilla). 41.- El Viso del Alcor (Sevilla): Incluye los yacimientos de La Tablada y el Cortijo de Moscoso. 42.- El Carambolo. 43.- El Cerro Macareno (La Rinconada, Sevilla). 44.- Carmona (Sevilla). Se incluyen las siguientes estaciones: Carmona, Alcaudete, Cruz del Negro, Acebuchal, Bencarrón, Santa Lucía, Alcantarilla, Alcázar del Rey Don Pedro y Necrópolis Romana. 45.- Almedinilla (Córdoba). 46.- Villaricos y Herrerías (Almería9. 47.- Italica (Santiponce, Sevilla). Incluye tres sectores excavados: El Pajar de Artillo, la Casa de la Venus y el Cerro de los Palacios. 48.- Necrópolis de Baza (Baza, Granada). 49.- Cerro de la Cabeza (Santiponce, Sevilla). 50.- Ecija (Sevilla). 51.- Santaella (Córdoba). Yacimiento del Olivar del Pozo. 52.- Aguilar de la Frontera (Córdoba). Principalmente sitio conocido como Cerro del Castillo. 53.- Recinto ciclópeo de El Higuerón (Nueva Carteya, Córdoba). 54.- Recinto de El Castillarejo (Luque, Córdoba). 55.- Fuente Tójar (Córdoba). 56.- Baena (Córdoba9. 57.- Riotinto (Huelva). Incluye el Cerro Salomón y Quebrantahuesos. 58.- La Mesa (Alcolea del Río, Sevilla). 59.- Munigua (Hoy Mulba, en Villanueva del Río, Sevilla). 60.- El Castillejo o la Peña de la Sal (Antigua Arva, en Alcolea del Río, Sevilla). 61.- El Castillo (Lora del Río, Sevilla). 62.- La Guardia (Jaén). 63.- Los Castellones (Ceal, Jaén). 64.- Galera (Granada). 65.- Cerro del Real (Galera, Granada). 66.- Cerro de la Virgen (Orce, Granada). 67.- Martos (Jaén). Incluye la necrópolis de la Loma de Peinado, en Casillas de Martos. 68.- Ategua, identificada con el Castillejo de Teba (Córdoba9. 69.- Cortijo de la Reina (Posadas, Córdoba). 70.- Toya (Peal de Becerro, Jaén). 71.- Córdoba (Córdoba). Incluye los yacimientos siguientes: Colina de los Quemados, Área del Teatro Romano y Necrópolis del “Camino Viejo de Almodóvar”. 72.- Setefilla (Lora del Río, Sevilla). Topónimo referido tanto a la necrópolis como al poblado, en este último caso situado en La Mesa de Setefilla. 73.- Necrópolis de La Bobadilla (Jaén). 74.- La Atalaya (Higuera de Arjona, Jaén). 75.- Begíjar (Jaén). 76.- Montoro (Córdoba). 77.- Andújar (Jaén). 78.- Castulo (Linares, Jaén). Con este topónimo aludimos a todos los sectores excavados en el yacimiento, entre los que destacan el poblado de La Muela y las necrópolis de la Puerta Norte, Los Patos, Molino de Caldona, Termas de la Villa, Cerrillo de los Gordos y Estacar de Robarinas. 79.- Santuario de Castellar de Santisteban (Jaén). 80.- Montemolín (Marchena, Sevilla). 81.- Úbeda (Jaén). Como se podrá comprobar, no es este un trabajo para ser leído de continuo, sino más bien una obra de consulta, por lo que las conclusiones finales no pueden ser en modo alguno una gran síntesis sobre la cultura ibérica andaluza, y sí sólo un cierre final en el que recapitulemos ciertos aspectos cronológicos de las cerámicas y sus decoraciones pintadas, a la vez que planteemos ciertos problemas y sugerencias que durante su elaboración nos acudieron a la mente. Precisamente por la necesidad de orientar nuestro trabajo a la obtención de una obra de consulta nos vimos obligados desde sus comienzos a establecer conclusiones parciales referidas al estudio de cada una de las formas de los recipientes o de los motivos decorativos pintados en ellos. No queremos acabar este capítulo introductorio sin dar las gracias a cuantas personas nos han orientado o ayudado en algún sentido durante su elaboración. Por una parte, reiterar de nuevo nuestra gratitud a Don Manuel Pellicer Catalán, inspirador y director del mismo; por otro, a todos los investigadores que nos han ofrecido los materiales arqueológicos de los yacimientos que tenían en estudio: la Dra. Aubet nos abrió las puertas de Setefilla, los Dres Pellicer y Amores las de Carmona, el Dr Luzón las de Italica, la Dras. Chaves y de la Bandera las de Montemolín, la Dra. Belén las de Huelva, Niebla y La Tiñosa, el Dr Corzo las de varios yacimientos de la provincia de Cádiz, el Dr. Fernández Gómez las del Museo Arqueológico de Sevilla. Los profesores del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Cádiz, compañeros nuestros en las tareas docentes, nos proporcionaron cuantos datos tuvieron a la mano que se refirieran al tema que nos importaba. Nuestros familiares y amigos, en fin, nos apoyaron en todo momento, dándonos ánimos cada vez que el trabajo parecía agotar nuestra capacidad de estudio. A todos ellos, desde estas letras, nuestro más sincero agradecimiento.es
dc.formatapplication/pdfes
dc.language.isospaes
dc.rightsAtribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 España
dc.rights.urihttp://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/*
dc.subjectCerámicaes
dc.subjectAndalucíaes
dc.subjectEdad de Hierroes
dc.titleCerámicas a torno pintadas andaluzas de la segunda Edad del Hierroes
dc.typeinfo:eu-repo/semantics/doctoralThesises
dcterms.identifierhttps://ror.org/03yxnpp24
dc.type.versioninfo:eu-repo/semantics/publishedVersiones
dc.rights.accessRightsinfo:eu-repo/semantics/openAccesses
dc.contributor.affiliationUniversidad de Sevilla. Departamento de Prehistoria y Arqueologíaes
idus.format.extent1136 p.es
dc.identifier.idushttps://idus.us.es/xmlui/handle/11441/38404

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